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Rosa Ballarín
Es la quinta entrega de su personaje fetiche, Tony Roures, donde la escritora y periodista aborda la temática de los bebés robados y los abusos sexuales.
José María Calviño, Jesús Hermida, José María Íñigo… son algunos de los históricos nombres asociados a la Marta Robles periodista, aquella que de muy joven empezó delante y detrás de los micrófonos y las cámaras a explorar la actualidad. Pero hay otra Marta Robles, la narradora, que ya pulsaba por salir antes, incluso, de que la primera decidiera estudiar Periodismo. Una veintena de libros, ocho novelas, diversos premios y un personaje ya reconocible, Tony Roures, un excorresponsal de guerra metido a detective, conforman su currículum como escritora. Robles (1963) acaba de presentar la quinta entrega de Roures, una figura empática, amante de los libros y de la música que siempre busca la verdad: Amada Carlota (Espasa). Se trata de una ambiciosa narración que discurre en tres tiempos, con un caso de bebés robados que al lector le ‘robará’ su tiempo y el sueño. Adictiva, rápida, históricamente cercana y lejana a la vez, el título es un ejercicio de denuncia y también de reconciliación con el pasado.
Una veintena de libros, ocho novelas, algunas premiadas… ¿Marta Robles se considera a estas alturas más escritora que periodista?
Siempre he sido más escritora que periodista. Yo no quería ser periodista, sino escritora, desde niña. Me presenté a muchos concursos literarios y tuve la suerte de ganarlos. Escribí mi primera novela con 16 años. Siempre digo que, por suerte, no la presenté en ningún lado porque era muy mala. Pero ahí la tengo, en mi cuaderno cuadriculado, para que me recuerde que siempre quise ser escritora. Lo que pasa es que mi primer novio me convenció. Yo quería estudiar Filosofía y él me convenció para estudiara Periodismo, porque decía que tenía mucha capacidad para la comunicación. Y lo que sucedió es que cuando empecé a estudiar Periodismo es verdad que se me metió el venenillo en la sangre. Y siempre digo que aunque un día me dedique solo a la literatura, tendré ese algo de periodista, ese alma, con esa vocación de tratar de traducir el mundo para los demás. Y para pedir, no que sea más justo, pero sí que sea menos injusto. Siempre he estado igual de cercana de una cosa que de la otra. No podría haber escrito 20 libros si no hubiera compaginado ambas tareas. Han sido dos carreras absolutamente paralelas.
Los escritores siempre estamos escribiendo en nuestras cabezas
Ya tiene una saga, como otros grandes: Alicia Giménez-Barlett, Lorenzo Silva, Carmen Mola… ¿Se siente usted también grande, qué le queda literariamente por hacer?
Me queda por hacer absolutamente todo. Me ha pasado tanto en literatura como en periodismo, sea lo que sea lo que haga, en un sitio pequeño como en uno de gran proyección, tiene la misma importancia. Eso le recomiendo a todo el mundo que empieza. Que en todo lo que hagan pongan la misma pasión. Nunca he tenido grandes sueños, expectativas. Quiero ponerme metas pequeñitas. Ahora estoy tan embebida con Amada Carlota, que casi no puedo pensar en la siguiente. Aunque los escritores siempre estamos escribiendo en nuestras cabezas.

Aunque dice no tener grandes metas, ¿se le ha pasado por la cabeza ganar el Premio Planeta? ¿Ha leído ya la última novela ganadora, la de Juan del Val?
No pienso ni en el premio Planeta ni en ningún otro. He tenido la suerte de ganar grandes premios: el Fernando Lara, ser finalista en la Semana Negra de Gijón… No pienso en los premios, como tampoco pienso en los lectores cuando me pongo a escribir. No concibo mi vida sin escribir ni leer. No pienso en nada más. Escribo pensando en las propias historias. Yo necesito escribir. Respecto a la novela de Juan del Val, no tengo nada que opinar del Premio Planeta. Cualquier cosa que diga sirve para generar polémica. Yo no quiero hacer eso en torno a un premio que sirve para que muchos escritores puedan continuar con sus carreras.
No es frecuente que los novelistas digan que no piensan en los lectores, no se lo he escuchado a muchos de sus colegas.
Le pasa a algún que otro escritor. No sé si es políticamente correcto, pero a mí me da lo mismo. Cuando escribo una novela solo tengo que pensar en la novela, gozar, sufrir, sentir todas las emociones que al final le pasarán al lector. Si no me pasa a mí, difícilmente le pasará al lector. Yo necesito que las historias me cautiven a mí. Pienso en mis personajes, pienso en la historia, no en los lectores.
Lo que trazo en esta novela es una línea literaria en la que hay abuso y sometimiento de las mujeres hasta nuestros días
Vayamos a la novela, con referencias históricas, pero del todo inventada. Estamos en la dictadura franquista.
La novela se desarrolla en tres espacios temporales: 1985, cuando una adolescente va a un sitio indeterminado de Asturias, donde hay una clínica clandestina en la que alumbra a un bebé que le quitan y no vuelve a ver nunca más. El segundo es 2018, donde está Tony Roures que es el protagonista de la saga. Con sus heridas, muy empático, cuyo bálsamo es la literatura y la música y que tiene una relación con la jueza Carlota Aguado. Una mujer que parece irrompible, pero tiene cosas que mucha gente no entiende. Ella quiere pedirle que investigue algo de su pasado que descubre cuando mantiene una relación con una mujer. Y el tercer espacio temporal empieza en 1969, hasta nuestro días. Allí hay un matrimonio muy característico de la dictadura franquista. Un hombre al que solo le interesan las apariencias y una mujer atrapada en una jaula de oro. Detrás se esconde una colección de horrores. Y entonces nos encontramos con los dos grandes temas de la trama; el robo de bebés y la supremacía moral, que tiene mucho que ver con la Iglesia de la época.
El robo de niños no es algo del Medievo, sino casi actual. ¿Por qué este tema?
Sí, el tema es, como quien dice, de anteayer. Comienza en la posguerra, al principio de la dictadura y se justifica en la supremacía moral que imperaba en el régimen y en otros que se sustentan en la violencia. Se retiran hijos a madres republicanas, para que vayan con familias como deben ser. Es la supremacía moral de la Iglesias, donde las monjas no son meras enfermeras, tienen esa superioridad moral con mujeres descarriadas, que también son susceptibles de que sus hijos sean dados a familias mejores. Por desgracia, esto continúa hasta ayer. No se cambiaron las reglas de las adopciones y lo convirtieron en puro negocio. Lo que yo trazo en esta novela es una línea literaria en la que hay abuso y sometimiento de las mujeres hasta nuestros días. Todo está sostenido en lo que yo llamo el hilo de la honra, que me espeluzna. En el Medievo las mujeres se distinguían unas de otras por la honra. Después del movimiento Me too, ahora pasan cosas como que pasen videos de contenido sexual; si son de chicos no pasa nada. Pero si son de chicas, son tan graves que hemos visto, incluso, suicidios.
Quiero convencer a las mujeres de que cuando hablamos somos capaces de cambiar las cosas, de salir adelante, de reconstruirnos
¿Ese es el mensaje del libro, alertar sobre estas circunstancias tan presentes?
Yo lo que quiero es convencer a las mujeres de que cuando hablamos somos capaces de cambiar las cosas, de salir adelante, de reconstruirnos. Pero para eso, tenemos que hablar. Tenemos muchos más foros para hablar, sí. Pero me da miedo pensar que vuelven los supremacismos y que nuestros derechos se verán recortados. Por eso, tenemos que estar bien juntitas y luchando como corresponde. Tenemos más espacios para hablar, siempre y cuando no estemos sometidas o abusadas, porque estas siguen teniendo el problema inmenso de pensar que no son las víctimas, sino las culpables. Estamos acostumbradas a creer que la vida está en un circulito, como el que compartimos tú y yo, pero esto no es la vida. Hay muchos pueblos y sitios diferentes donde la gente se calla. Esta novela es sobre los silencios de las mujeres y sobre que cuando hablan, consiguen reconstruirse.

¿Cuánto le han inspirado allegados y conocidos en la creación de sus personajes?
Todos los escritores, cuando construimos las historias hablamos de nosotros, lo que pasa es que luego apuntalamos esa historia en la realidad. Hubo una persona que me habló de bebés robados en su familia, de una relación clandestina… pero lo dejé dormir. Pero al armar la historia que quise contar me acordé de estas personas. He puesto a una compañera del colegio, Sonia, ya quien, según su hermana, le quitaron un bebé. Hay tantas cosas que parecen del Medievo… Hace unos años, estaba haciendo un reportaje de violencia de género y me encontré con el caso de Sonia, a quien había matado su expareja. Me quedé en ese momento… Y quise homenajearla. También a Ángela Huergo, una amiga de mi madre, esa amiga que todo el mundo quiere tener, que hace cualquier cosa por ti.
No me gustan las novelas donde las cierras y todo da igual. Me gustan las que te tocan el corazón, las que zarandean
Introduce una cita literaria en cada capítulo, relacionada con el argumento. ¿Un guiño a sus clásicos?
Para mí, la cita tiene que ver con lo que cuento. Los personajes reales que meto, como Dickens, los meto con sus historias reales. O el experto en Cervantes Paco Rico, que era gran amigo mío. Las introduzco porque cada novela que escribo o que yo leo, es como emprender un viaje, no solo tienes que mirar al frente, también tienes que ir mirando por las ventanillas, y aprender y recoger cosas de lo que estás viendo y de lo que te está pasando. No me gustan las novelas que cierras y todo da igual. Me gustan las que te tocan el corazón, que me zarandeen, que me hagan reflexionar, que me hagan esbozar una sonrisa. Esta novela es muy dura pero también tienes momentos en que te puedes reír. Juego mucho con la intrahistoria de los personajes, me gusta bucear en esto. En las grandes tragedias tiene que haber un punto de comedia. Y al revés.

Tony Roures dice que ser buen padre debe ser complicado. ¿Y ser buena madre? ¿Ellas lo siguen teniendo peor?
Igual que a los quintos el valor se les supone, a las mujeres se les supone que son buenas madres solo por ser mujeres. Eso no es verdad. También depende de las circunstancias, pero cuidado dónde te ponen. Si estás en un sitio difícil igual te convierten en alguien que nunca pensaste ser. Es esa frase famos de Simenon, que dice ‘Un asesino es cualquiera de nosotros un segundo antes de cometer un asesinato’. Yo siempre he creído que entre las madres en general, existe un vínculo irrompible. Cuando mis hijos eran pequeños y me iba de casa, yo siempre les hablaba de ese vínculo como si fuera una cuerdecita que nos uniera para que supieran que iba a volver. Es muy extraordinario. Cuando una madre sabe que su hijo sigue vivo, lo sigue buscando. Todos los seres humanos buscamos también nuestra identidad. Y cuando alguno sabe que no es hijo de sus padres, intenta buscar de dónde salió. Me encuentro con casos reales en esta gira con la novela increíbles.
¿Habrá más entregas de Tony Roures?
No sabemos nada de Roures (risas). De momento, siento que lo necesito en mi vida, me acompaña muy bien y aparte me hace ilusión porque llevaba llevaba tiempo sin escribir un Roures. Probablemente mi siguiente novela no sea de él. Pero, ¿quién sabe?
No debes guiar tus instintos creativos por lo que digan los lectores
Ha recorrido todas las ferias literarias importantes de este país: Getafe Negro, Gijón, Aragón Negro… ¿Cómo es el ‘feed back’ con los lectores?
No debes guiar tus instintos creativos por lo que digan los lectores, porque cada uno te diría una cosa. Las novelas nos tendrían que abandonar porque si no seguiríamos reescribiéndolas toda la vida y al final son de cada uno de los lectores, que la hacen diferente. Lo que tienes que hacer es escuchar a los lectores para saber por dónde caminan los argumentos, los personajes. Pero yo no tomo notas para saber cómo debo escribir. Es una relación diferente. Esa novela que ha pasado a ser suya, les ha producido una serie de sensaciones y sentimientos que son las que comparten contigo.
Usted dirige el festival ‘Rosa y negro’, que aúna géneros de novela romántica con negra. ¿Cómo de necesarios son y cómo se financian?
‘Rosa y Negro’ está financiado gracias al ayuntamiento de Tres Cantos (Madrid) con otras colaboraciones. Los festivales se subvencionan con buena voluntad y mucho trabajo; hay que contar con que los propios autores tenemos que reducir nuestras tarifas. Vamos porque es una experiencia que nos aporta muchísimo. Yo quería hacer un festival que liberara de prejuicios. Mezclar los dos géneros más leídos y denostados de la historia. Los prejuicios que uno no quería leer al otro. Me ha satisfecho mucho, ver esa interacción que además está dando sus frutos. De hechos hemos escrito relatos que mezclan los géneros. Hablamos siempre de amor y muerte. Y si me apuras, solo hablamos de amor. La muerte nos preocupa cuando nos separa de nuestros seres queridos.
¿Qué lecturas recomienda quien escribe y organiza festivales literarios?
Cuando estoy escribiendo, leo todo relacionado con lo que escribo. No puedo estar sin leer, me volvería loca. Normalmente leo todo. Acabo de leerciudad El dios de nuestros padres, de Aldo Cazzullo. Y Theodoros, del rumano Mircea Cartarescu. También estoy con un manuscrito que me ha mandado una amiga. Y todas las mañanas leo poesía, es una especie de religión. Estoy releyendo Ciudades en venta, de Manuel Vilas. Y hay que leer a Carlos Zanón.
