Publicado en La Razón
Pensar en la salud y cuidarse es reconocer los propios límites
Ahora que acaba 2025 y que la salud ha vuelto a poner a prueba mi entorno cercano desde tantos lugares, mi mirada filosófica me recuerda que la salud no es solo el buen funcionamiento del cuerpo, sino también una forma de estar en el mundo, una armonía silenciosa entre lo que somos, lo que sentimos y lo que queremos llegar a conseguir; una especie de manto invisible que nos habilita los sentidos, las percepciones y en definitiva la vida, y en el que, pese a su importancia, solo pensamos cuando desaparece.
La filosofía antigua ya intuía que la salud excedía lo físico. Para los griegos, eudaimonia – la vida buena–, requería un equilibrio entre la razón y el deseo, el individuo y la comunidad, la acción y la contemplación. No bastaba con sobrevivir. Con respirar. Era necesario esforzarse e ir más allá, para lo que resultaba imprescindible no solo la buena salud del cuerpo sino también la del alma. Solo un cuerpo, por robusto y sano que fuera, no era suficiente para alcanzar ese estado de bienestar, cercano a la felicidad; para lograrlo, debía albergar en su interior la serenidad.
La modernidad, al poner el énfasis en la técnica y el control, pretendió separar las dos partes indivisibles del ser humano: la mente y el cuerpo. Sin embargo, olvidó que es la mente quien controla al cuerpo y que su miedo lo enferma y su tristeza lo apaga mientras que su esperanza es capaz de revitalizarlo incluso cuando ha perdido algunas de sus más preciadas facultades. Las heridas físicas no son más dolorosas que las del alma y hay palabras y gestos que curan más que cualquier medicina. Desde una perspectiva existencial, la mirada filosófica a la salud exige aceptar nuestra vulnerabilidad y nuestra finitud. Saber que no somos invulnerables ni eternos, y que esa fragilidad no es un defecto, sino una condición esencial de lo humano.
Pensar en la salud y cuidarse es reconocer los propios límites, escuchar el cansancio y permitirnos descansar sin culpa. En una cultura que glorifica la productividad constante, la salud se vuelve un acto de resistencia de elección del bienestar por encima de la exigencia excesiva que aboca a la enfermedad. Pero además es un fenómeno ético y social que implica el cuidado del grupo. Porque nadie se cuida solo. Nuestras posibilidades de estar bien dependen de las condiciones físicas… hasta que estas nos fallan; entonces, dependen de nuestro entorno, de los vínculos y de la justicia con la que se distribuyan los recursos sociales. No hay sociedad más enferma que la que no es capaz de repartirlos entre sus miembros de manera equitativa: y el solo hecho de que cada uno de nosotros creamos que la salud es un derecho de todos, contribuye a que, la nuestra sea, de verdad, una sociedad sana.
