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Pet parenting

Publicado en La Razón

«¿Acaso estamos ante la decadencia de nuestra especie o solo han mutado nuestros valores y ya no es imprescindible crear vidas?»

Comencé 2026, rodeada de maravillosos canes, en una casa de campo ibicenca, donde casi todos los invitados iban acompañados al menos por uno. No había niños, porque todos teníamos edad suficiente para ser abuelos; pero muchos no habían sido nunca padres, más que de cuadrúpedos peludos. Podría parecer inusual, pero no: en nuestro tiempo, los niños están perdiendo presencia social mientras los perros ocupan espacios simbólicamente similares. No es una percepción poética o anecdótica, sino una constatación numérica y cultural. En España hay más perros censados que niños menores de 14 años; y la proporción de mascotas sigue creciendo mientras la natalidad se desploma. Este fenómeno, llamado «pet parenting» –convertir al perro o gato en un miembro pleno de la familia–, no es un capricho aislado ni un simple «artículo de consumo»: refleja transformaciones profundas en nuestra forma de vivir, amar y proyectar nuestro futuro. En nuestro mundo, los perros satisfacen una necesidad afectiva comparable a la de cuidar de un hijo, pero con demandas más manejables. Y eso empuja a una realidad demográfica y reproductiva inquietante, donde las tasas de natalidad se han desplomado y las mujeres tienden a retrasar la maternidad cada vez más y han de recurrir a técnicas de reproducción asistida. Estas tecnologías representan avances extraordinarios y ofrecen esperanza a quienes desean ser padres más allá de las barreras biológicas temporales, pero también revelan que la sociedad ha aceptado que el amor cabe fuera de la antes obligatoria reproducción. El resultado es un paisaje social ambivalente. Por un lado, los espacios públicos y privados se adaptan a las mascotas: cafés «pet friendly», productos y servicios exclusivos y eventos que atienden a un mercado millonario; por otro, la infancia va recluyéndose cada vez más en nichos especializados –educación, entretenimiento infantil, parques temáticos…–, y los niños son casi invisibles en el espacio urbano cotidiano. Este contraste no tiene una única causa, pero invita a la reflexión. ¿Acaso estamos ante la decadencia de nuestra especie o solo han mutado nuestros valores y ya no es imprescindible crear vidas, si se tiene un vínculo afectivo? Con los perros siempre habrá amor…, pero sin niños, ¿no habrá cada vez menos personas que puedan dárselo?

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