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Veinte segundos

Publicado en La Razón

«Nada es, casi nunca, solo producto de la fatalidad. Y menos cuando hay máquinas e inventos humanos en la ecuación»

Cuento veinte segundos, en silencio, intentando descifrar todo lo que cabe en ellos. Veinte segundos que el pasado domingo determinaron las vidas completas de todas las personas que viajaban en los trenes que colisionaron. Tú mueres, tu desapareces, tu quedas herido, tú te salvas… «Dios no juega a los dados», dijo Einstein para rechazar la aleatoriedad de la mecánica cuántica. El científico creía en un universo determinado por leyes exactas, no por el azar. Pensaba que la naturaleza tenía un orden perfecto y predecible, por más que lo contradijera la incertidumbre. Tal vez por eso su Dios era un Dios de la filosofía, el de Spinoza. «Creo en el Dios de Spinoza, que se revela en la reglada armonía de todo lo que existe, pero no en un Dios que está preocupado por el destino y obras de la humanidad». Es difícil creer en otro Dios, tras accidentes como el Adamuz, con tantos muertos, tantos heridos y tanta desgracia sobrevenida. La pregunta de los supervivientes siempre es la misma ¿Por qué le tocó a él? ¿Por qué no me tocó a mí? Y tal vez los más creyentes en su Dios, a secas, sin filosofía ninguna, lo justifican todo en el misterio divino y se consuelan con su fe. Más allá de ella, está la confianza en los seres humanos. Creer en que los responsables de la seguridad de cada día cumplen con sus cometidos para evitar que se produzcan tragedias. Entonces, ¿por qué ocurren? Nada es, casi nunca, solo producto de la fatalidad. Y menos cuando hay máquinas e inventos humanos en la ecuación. En esta de Adamuz, las muescas en las ruedas de los trenes, la rotura de la vía, las vibraciones en los trayectos previos o los bogies, son elementos de inquietud que se cuelan en nuestras conversaciones, junto a la profunda tristeza por los relatos humanos, las pérdidas y el horror. Pero la vida ha de seguir; así que los viajeros suben sus miedos a los vagones, con sus equipajes y, desafiando todas las dudas, vuelven a iniciar viaje a cualquier parte, asumiendo ahora, como antes jamás lo hicieron, que la vida puede extinguirse en veinte segundos, por los dados de Dios, en los que cabe el libre albedrío, o tal vez, únicamente, por la reglada armonía de la naturaleza.

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