Cuando me siento con ella para grabar, en seguida me percato que tengo a una grande del periodismo y de la escritura a mi lado: Marta Robles. No es la primera vez que la entrevisto o la trato, pero he de reconocer que siempre impone. Ella es un nombre propio de la televisión en España desde hace décadas, pero también una autora sólida, rigurosa y valiente que ha construido, en paralelo, una trayectoria literaria con identidad propia. Ese es su doble mérito y su singularidad: no es una periodista que escribe libros ni una escritora que pasó por la televisión; es ambas cosas con la misma intensidad desde hace más de treinta años. «Llevo publicando libros y escribiendo toda la vida desde el año 1991, porque mi trayectoria como periodista y como escritora han sido absolutamente paralelas», recuerda en esta conversación que no es breve ni superficial, sino una charla de fondo sobre literatura, memoria, justicia y heridas colectivas.

Robles llega a Evasión con un título que ya lleva dentro una promesa y una herida: ‘Amada Carlota’. Su última novela, publicada el 24 de septiembre, va ya por la cuarta edición, «lo cual es un logro en estos tiempos en los que permanentemente se están publicando tantísimos libros», se apresura a apuntarnos. Lo dice con gratitud -«primero agradecérselo a los lectores»- y con conciencia de época: hoy el juicio llega a distintas velocidades y desde distintos lugares, desde críticos hasta «bookstagramers, que son legión». Y, aun así, el vértigo permanece: soltar una historia al mundo, aceptar que el libro deja de pertenecerle del todo y pasa a ser territorio del lector.

Lo que vamos a vivir en esta entrevista multimedia (puedes darle al PLAY y disfrutarla pero también sumergiéndote en estas líneas) es, precisamente, ese territorio: el de una conversación larga, sin prisa, donde Marta Robles desmenuza el origen real de una novela negra «muy negra» que cruza tres tiempos y varias heridas colectivas -robos de bebés, violencia machista, abusos de poder, la ‘honra’ como mecanismo de control-, pero también reivindica la música, la poesía, los lugares, la cultura y el amor como contrapeso. Una charla de fondo sobre cómo se escribe lo insoportable, sobre los «malos cotidianos» que dan más miedo precisamente por su apariencia normal, y sobre la literatura como forma de no endurecerse. Y si quieres escucharla contándolo con su propia voz, dale al play: la entrevista completa también puede verse en vídeo en nuestro set.

Marta Robles. Foto: Jorge Pintado.
Marta Robles. Foto: Jorge Pintado.

Cuarta edición y un «bebé» que ya camina solo

Marta Robles no espera al día siguiente «a ver qué dicen los periódicos». Ese ritual, dice, era otro tiempo. Hoy el juicio llega por capas y por voces muy diferentes. Y ahí aparece una de las frases que mejor retratan su relación con la lectura ajena: «Unas críticas son más profesionales… unas te hacen cosquillas y otras te hacen pupa». Incluso cuando alguien quiere reescribirle el final, ella lo despacha con humor seco, de autora que ya aprendió la intemperie: «Señora o señor, escríbase usted su propia novela. Este es mi final», nos confiesa entre risas. Habla también de esa soledad del oficio -«un escritor está muy solo mientras trabaja»- y del momento de dejar ir. Como si soltar el libro fuera aceptar que siempre quedará algo por pulir. Ella no relee la novela entera cuando sale; a veces vuelve a fragmentos, otras detecta una errata, y ese mínimo tropiezo le recuerda que el texto, una vez impreso, ya es criatura del mundo. Y quizá por eso su celebración de la cuarta edición suena doble: éxito, sí, pero también confirmación de que la historia ha encontrado lectores.

Cuando la conversación entra en ‘Amada Carlota’, la temperatura cambia. Robles lo dice sin rodeos: es una novela dura; de hecho, «hay personas que… la han tenido que abandonar un momento». Y, sin embargo, regresan. Algo las arrastra de vuelta. Ella describe entonces una sensación extraña, casi física, de distancia con su propia escritura: «Cuando las vuelvo a leer, tengo la sensación de que las ha escrito otra persona». Como si la mente, para sobrevivir a ciertos pasajes, los archivara en otro compartimento.Ahí está una de las claves del libro: no busca el golpe efectista, sino el golpe que deja pozo. «Las novelas no tienen que ser reales, pero tienen que ser verosímiles», insiste. Y su verosimilitud no se construye solo con documentación legal o periodística, sino con atmósfera: música, citas, restaurantes, bares, ciudades. Robles quiere que la lectura sea un viaje «con muchas fotos»: algo que se queda en el corazón, en la tripa, en los sentimientos.

El origen: Sonia y el miedo a «los malos cotidianos»

El germen de la novela nace de una historia personal que vuelve años después con toda su violencia. Sonia, compañera del colegio, aparece en la dedicatoria «porque su esencia vive en Carlota». Robles cuenta cómo, tiempo atrás, la hermana de Sonia le dejó dos pinceladas que quedaron flotando: a Sonia «le habían arrebatado un bebé» siendo adolescente; y su madre había vivido una relación clandestina. Años después, investigando un reportaje sobre violencia de género, descubre lo que no le contaron entonces: Sonia murió a manos de su pareja…La escena que describe es directa, sin ornamento: un crimen en lo doméstico, en lo cercano. Y de ahí surge la idea que más la obsesiona y que atraviesa la novela como un hilo oscuro: «los malos cotidianos». Los que no tienen «cara» de malos. Los integrados. Los que toman café donde tú lo tomas. «Confiamos en ellos», dice, y por eso, precisamente, dan más miedo.

Tres tiempos, un mismo peso: la honra como mecanismo

Robles estructura ‘Amada Carlota’ en tres espacios temporales. El inicio, en 1985, tiene la crudeza de una herida que no cierra: una adolescente de 16 años, embarazadísima, llega a una clínica clandestina en Asturias; alumbra y le arrebatan al bebé. «¿Qué bebé?… Tú no has tenido ningún bebé», recuérdanos juntas durante, como si esa frase fuera la violencia en estado puro: negar incluso el derecho a nombrar lo vivido.El segundo tiempo es el presente (ella lo sitúa en 2018 para evitar la sombra de la Pandemia) y ahí aparece el detective Roures, ex corresponsal de guerra, culto, melómano, «con cicatrices», y la jueza Carlota Aguado, impecable e implacable, en una relación que no atraviesa su mejor momento. Y el tercero vuelve a los años 60, a un matrimonio atravesado por la conveniencia, el régimen, las apariencias y una escalera de horrores que enlaza, inevitablemente, con el robo de bebés.¿Dos tramas en un mismo libro —robos de bebés y abusos sexuales de un profesor universitario—? Robles lo defiende como decisión narrativa y moral: «No sería creíble que un detective solo investigara un caso». Pero, sobre todo, porque quería dibujar una línea continua: «en tiempos pasados… y en nuestros días, hay un elemento común: al final la honra lo marca todo». Y ahí coloca ejemplos actuales: vídeos sexuales, culpabilización, silencios. La modernidad no borra del todo los mecanismos del juicio social; a veces solo los cambia de formato.

Robos de bebés: del «gen rojo» al negocio

En la parte más documentada —y más incómoda— de la conversación, Robles nos detalla algo que, dice, incluso a ella la aterrorizó al investigarlo: el origen ideológico del robo de bebés en España y la teoría del «gen rojo», vinculada a Vallejo-Nájera. Lo cuenta situándolo en una Europa eugenésica, supremacista, como caldo de cultivo histórico. Y lanza una frase que se queda resonando: «Hay un arma de guerra que es la violación y un arma de posguerra que es el robo de bebés».Explica el papel de la Iglesia en la sanidad y la educación durante la dictadura, el poder de determinadas instituciones y el discurso que justificaba lo injustificable: la «chica descarriada», la «mala madre», la pobreza como sospecha. Y luego llega lo más escalofriante: que la democracia no lo detuvo de inmediato. «No cambiaron la ley de adopciones hasta 1987», recuerda. Lo que había sido ideología y control social, en muchos casos, se transformó también en negocio.

Su evasión: poesía por las mañanas, música para vivir

Cuando le pregunto por su propia ‘evasión’, Robles responde con una costumbre preciosa, casi ritual: «Por las mañanas leo poesía». A veces solo tres versos; a veces un poema entero. Le gusta «el sonido de la poesía», porque siente que hace fluir el lenguaje de otra manera. Después viene la música —indispensable, cómplice con su marido— y, cómo no, los placeres terrenales: viajar, un barcito, una caña, un buen restaurante.Sobre el audiovisual, se pone seria: no escribe pensando en imágenes. Le preocupa que «si no es audiovisual, no existe». Ella defiende otra magia: la de leer en silencio, ponerle voz propia a los personajes, imaginar sin que nadie te lo entregue ya montado. «No quiero ni novelas que sean guiones», afirma, y también se distancia de cierta homogeneidad del género negro: estructuras clonadas, tramas demasiado previsibles. En Amada Carlota, dice, se ha arriesgado: no tanto intriga al uso como suspense que exige encajar piezas con precisión.

Lugares que alimentan la ficción: del «verdor» asturiano al cocido madrileño

Robles es de las que no quieren «meter la pata» con los lugares. Podría inventarse un Macondo, sí, pero le divierte llevar al lector de la mano. Asturias aparece con nombre propio, y con un título que ya era destino: ‘Amada Carlota’ existe de verdad, un japonés/hotel en un paisaje verde cerca de los Picos de Europa. Y lo más literario es el accidente: el restaurante se convierte en título perfecto porque el detective investiga el pasado de la mujer a la que ama, Carlota.En Gijón recomienda El Planeta; en Madrid, se va a lo sofisticado y con show: Bar Manero. Y para encontrar historias, dice, no hace falta un decorado excepcional: «Las historias están a tu lado… lo que tienes que hacer es escuchar». Aun así, propone dos templos donde «pulula» cultura: Taberna La Suprema y La Daniela, con su cocido y su fauna humana.

La literatura como herramienta de empatía y las historias que nos encuentran

Al final, la entrevista vuelve a una idea que atraviesa toda su obra: la literatura como herramienta de empatía. Robles no quiere «evangelizar» ni «adoctrinar», pero sí cree en la novela negra como tradición de mirada justiciera, casi quijotesca. Y remata con Shakespeare como brújula moral: «Cuando no sientes el dolor ajeno, te conviertes en un monstruo». Leer, entonces, no es sólo evasión. También es un modo —íntimo, silencioso— de no endurecerse del todo.Y mientras, ‘Amada Carlota’ sigue sumando ediciones, Marta Robles deja claro que Roures aún no se va a ninguna parte: «No tengo ninguna intención de deshacerme de él». Lo que viene, como siempre en su caso, será cuestión de tiempo, de escucha… y de ese extraño impulso que hace que algunas historias, de pronto, te encuentren.