Publicado en La Razón
«El mundo, en cualquier lugar, oculta en sus oscuras trastiendas historias de mujeres sometidas, alquiladas y empujadas a la calle»
De los burdeles, picaderos y lupanares, no me gustan ni sus nombres. Soy abolicionista (que no prohibicionista, oigan… que los prohibicionistas castigan a quienes ejercen la prostitución y los abolicionistas abogamos por penar a los proxenetas y a los usuarios) y, aunque sé que la prostitución jamás va a desaparecer (como tampoco los asesinatos, las estafas o la envidia…), me gustaría que a los malos se lo pusieran un poquito más difícil. Pero también soy consciente de que el nuestro es históricamente un país de puteros, empezando por muchos de sus reyes (mención especial a Felipe IV –Austria– y a Alfonso XIII –Borbón–, los más puteros de todos) y terminando por hombres de toda condición, que en pleno siglo XXI se esconden tras las estadísticas. Por eso, desde aquel año 91 en que mi colega y amigo, Javier Rioyo, publicó «Burdeles, picaderos y lupanares, que ahora reedita la editorial Almuzara, ya sabía que el viaje literario y canalla sería interesante y esclarecedor y que, de sus páginas –que tantos comentarían entre risas mientras juraban que jamás pisaron locales de alterne y menos aún requirieron los servicios sexuales de ninguna mujer– emergería buena parte de la historia de España y también del mundo. Porque el mundo, en cualquier lugar, oculta en sus oscuras trastiendas historias de mujeres sometidas, alquiladas y empujadas a la calle como único destino posible y, por mucho que se empeñen tantos hombres que las califican de «alegres», enormemente triste y raramente deseado. El ensayo de Rioyo, riguroso y de prosa afilada y efectiva, disecciona la sociedad española desde esa misma clandestinidad que en algunas ocasiones y culturas casi supuso privilegio para algunas de esas mujeres bautizadas con tantos nombres distintos, que encontraron su libertad e incluso la posibilidad de formarse, mientras a las otras, las «decentes», se las mantenía encerradas y sin la posibilidad de dedicar su tiempo a otra cosa que no fuera obedecer y parir. Las mujeres nunca lo tuvimos fácil. Y este libro, de mirada provocadora, que comienza con un prólogo del siempre recordado Haro Tecglen, fascinado por «esas muchachas», naturalmente «no como cliente, sino como amigo…», reescribe la historia de España desde esa doble vida repleta de hipocresía y miseria real y también moral, que hoy, por desgracia, sigue plenamente vigente.
