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Referentes y confianza

Publicado en La Razón

«Los referentes no pueden pretender jamás convertirse en autoridad absoluta»

Corren malos tiempos para la confianza. ¿En quien podemos confiar moralmente en estos días, meses, años de zozobra? Socrates insistía en que no se podía confiar solo en lo que la persona decía. Su recomendación era examinar las creencias mediante preguntas y observar la coherencia entre las palabras y acciones repetidas en el tiempo. Una persona puede defender valores muy nobles y actuar de manera opuesta. Y la confianza se gana por la conducta constante, no por los discursos. Aristóteles aseguraba que eran las virtudes que formaban el carácter y emergían de él cuando se hacían evidentes, las que convertían al hombre en confiable. ¿Qué virtudes? La honestidad incluso cuando perjudica los intereses propios, la capacidad de reconocer errores, la justicia con amigos, pero también con desconocidos, la moderación en el poder y en los deseos y la responsabilidad por las consecuencias de sus actos. Kant añadía otro ingrediente: hay que desconfiar de quien exige una confianza ciega y fiarse de quien propone una autonomía moral e invita a pensar por uno mismo. A reflexionar. A aceptar las críticas. A admitir razones diversas. A no dar por bueno lo que el propio líder propone. ¿Algo más? Comprobar cómo trata de verdad a los más vulnerables. Eso exigen desde Confucio a Simone Weil: el buen trato a quienes no tienen poder, ni interés para conseguirlo y pueden ser recompensados o castigados sin que nadie se mueva por ellos. Los referentes no pueden pretender jamás convertirse en autoridad absoluta. Han de conocer sus limitaciones, autoexaminarse con exigencia y severidad y buscar diferentes puntos de vista. La filosofía, en definitiva, sugiere que se confíe en personas que busquen la verdad, admitan sus equivocaciones, traten justamente a los demás, aunque no sean cercanos a sus pensamientos y sean coherentes. ¿Cómo indagar sobre tal coherencia? Existe una regla: revisar si el referente se cuestiona a sí mismo y aplica todas las normas para sí mismo y no solo para los demás. Tampoco este método promete certeza absoluta sobre las personas, pero al menos ofrece herramientas para distinguir entre confianza razonable y credulidad.

Y ahora, deténganse unos minutos y díganme, sin pasión, sin pensar que estos o aquellos son los suyos y confiesen ¿alguno de los presidentes de la democracia ha cumplido con todos estos preceptos?

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