Publicado en el suplemento de salud de La Razón
Kateryna Chaykovska es especialista en salud digestiva y hormonal en @womanhoodclinic_
1. ¿La dieta contribuye a paliar los síntomas de la menopausia?
Sin duda. La alimentación no elimina la menopausia ni sustituye los tratamientos médicos cuando son necesarios, pero sí puede influir de forma muy significativa en cómo una mujer vive esta etapa. La menopausia supone una disminución progresiva de los estrógenos, hormonas que intervienen en numerosos procesos del organismo: regulación de la glucosa, metabolismo de las grasas, salud cardiovascular, masa muscular, salud ósea, microbiota intestinal e incluso función cerebral. Cuando estos niveles hormonales descienden, muchas mujeres experimentan sofocos, alteraciones del sueño, aumento de peso, fatiga, cambios en el estado de ánimo o problemas digestivos. Una alimentación adecuada ayuda a estabilizar la glucosa, reducir la inflamación, mejorar la composición corporal, proteger la masa muscular y favorecer un mejor equilibrio hormonal y metabólico. Además, hoy sabemos que la salud intestinal desempeña un papel fundamental. Una microbiota diversa y equilibrada contribuye a metabolizar mejor los estrógenos y a modular procesos inflamatorios que pueden intensificarse durante esta etapa.
2. Esa dieta ¿debería centrarse en la salud ósea y cardiovascular, el control de peso y el alivio de los sofocos?
Sí, pero no únicamente. Tradicionalmente se ha puesto el foco en el calcio y los huesos, pero la menopausia es mucho más que una cuestión ósea. Es un momento clave para prevenir enfermedades cardiovasculares, preservar la masa muscular, mantener la función cognitiva y cuidar la salud metabólica. La disminución de estrógenos favorece una redistribución de la grasa corporal hacia la zona abdominal, aumenta la resistencia a la insulina y puede elevar el riesgo cardiovascular. Por eso la alimentación debe orientarse a:
- Mantener una glucemia estable.
- Preservar la masa muscular.
- Reducir la inflamación crónica de bajo grado.
- Proteger la salud cardiovascular.
- Favorecer la salud ósea.
- Mejorar el descanso y el bienestar emocional.
En algunas mujeres, determinados cambios dietéticos también pueden ayudar a disminuir la frecuencia o intensidad de los sofocos.
3. ¿Para conseguirlo, la dieta más recomendable es la Dieta mediterránea?
La dieta mediterránea sigue siendo uno de los modelos alimentarios con más evidencia científica para la salud femenina y especialmente durante la menopausia. Es rica en alimentos vegetales, fibra, antioxidantes y grasas saludables, elementos que ayudan a controlar la inflamación, mejorar el perfil lipídico y proteger el sistema cardiovascular. Sin embargo, es importante adaptarla a las necesidades actuales de muchas mujeres. En consulta observamos con frecuencia que la ingesta de proteínas es insuficiente, algo especialmente relevante a partir de los 45-50 años. Por eso hablamos de una dieta mediterránea actualizada: abundancia de vegetales, legumbres, aceite de oliva virgen extra y pescado, pero también una atención especial a las proteínas de calidad para preservar la masa muscular y la salud metabólica.
4. ¿Qué alimentos hay que priorizar?
- Proteínas de calidad: Pescado, huevos, legumbres, lácteos fermentados naturales, aves y carnes magras. Son fundamentales para conservar la masa muscular, mejorar la saciedad y mantener un metabolismo saludable.
- Verduras y hortalizas: Deberían estar presentes en las dos comidas principales. Aportan fibra, antioxidantes y compuestos bioactivos que ayudan a combatir la inflamación.
- Frutas enteras: Especialmente frutos rojos, cítricos, granada o kiwi, por su riqueza en antioxidantes.
- Legumbres: Son una excelente fuente de proteína vegetal, fibra y minerales. Además, contienen compuestos con actividad estrogénica suave que pueden resultar beneficiosos en algunas mujeres.
- Pescado azul: Sardinas, caballa, boquerones o salmón aportan omega-3, nutrientes con efectos antiinflamatorios y cardioprotectores.
- Frutos secos y semillas
- Nueces, almendras, semillas de chía o lino aportan grasas saludables, fibra y minerales.
- Alimentos fermentados: Yogur natural, kéfir o chucrut pueden contribuir al equilibrio de la microbiota intestinal.
- Aceite de oliva virgen extra: La principal fuente de grasa de la dieta mediterránea.
5.¿Y qué alimentos se deberían limitar o erradicar?
Más que prohibir alimentos concretos, debemos reducir aquellos que favorecen la inflamación, las alteraciones metabólicas o los picos de glucosa. Entre ellos:
- Bebidas azucaradas.
- Bollería industrial y productos ultraprocesados.
- Exceso de azúcares añadidos.
- Harinas refinadas consumidas de forma habitual.
- Alcohol.
- Grasas trans y productos de baja calidad nutricional.
El alcohol merece una mención especial porque puede empeorar los sofocos, alterar el sueño y aumentar el riesgo cardiovascular y de determinados tipos de cáncer.
También conviene moderar el exceso de cafeína en mujeres especialmente sensibles o con problemas de sueño y ansiedad.
6. ¿Son recomendables los suplementos alimenticios que hay en el mercado?
No de forma generalizada. Existe una gran oferta de suplementos dirigidos a la menopausia, pero no todos cuentan con respaldo científico ni todas las mujeres tienen las mismas necesidades.
Antes de suplementar conviene valorar la alimentación, la sintomatología, la historia clínica y, cuando sea necesario, realizar una analítica. Entre los nutrientes que con más frecuencia requieren valoración destacan:
- Vitamina D.
- Omega-3.
- Magnesio.
- Proteína.
- Calcio (cuando la dieta es insuficiente).
- Vitamina B12 en determinados casos.
Algunos compuestos como las isoflavonas de soja pueden ser útiles en ciertas mujeres para aliviar sofocos, pero siempre deben individualizarse.
La suplementación debe complementar una buena alimentación, nunca sustituirla.
7. ¿Y modificar hábitos?
Absolutamente. La nutrición es una pieza fundamental, pero no actúa de forma aislada. Muchas veces los resultados llegan cuando trabajamos sobre el conjunto de hábitos. Aspectos especialmente importantes son:
- Dormir entre siete y nueve horas.
- Gestionar el estrés.
- Mantener horarios regulares de comidas.
- Evitar el sedentarismo.
- Cuidar las relaciones sociales.
- Exponerse a la luz natural diariamente.
El estrés crónico y la falta de sueño elevan el cortisol, empeoran la resistencia a la insulina y favorecen el aumento de grasa abdominal, algo muy frecuente durante la menopausia.
8. ¿Imprescindible tomar el sol quince minutos al día, hacer ejercicio de manera regular y controlar la presión arterial, los niveles de colesterol y el azúcar en sangre?
Son tres pilares fundamentales de la prevención. La exposición moderada al sol favorece la síntesis de vitamina D, un nutriente clave para la salud ósea, muscular e inmunitaria. El ejercicio físico probablemente sea la herramienta más potente de la que disponemos durante la menopausia. Especialmente el entrenamiento de fuerza, porque ayuda a conservar músculo, proteger el hueso, mejorar la sensibilidad a la insulina y mantener la autonomía física a largo plazo. Además, es importante realizar revisiones periódicas para controlar:
- Presión arterial.
- Perfil lipídico.
- Glucosa e insulina.
- Composición corporal.
- Estado nutricional.
La menopausia es una ventana de oportunidad para invertir en salud futura y prevenir enfermedades que pueden aparecer años después.
9. ¿Es una buena idea recurrir en esta etapa a un especialista en nutrición.
Sin duda. Muchas mujeres sienten que están haciendo lo mismo que antes y, sin embargo, comienzan a ganar peso, pierden masa muscular o tienen más dificultades para encontrarse bien. Esto ocurre porque el contexto hormonal ha cambiado y las necesidades del organismo también. Un especialista en nutrición con experiencia en salud hormonal puede ayudar a diseñar una estrategia personalizada, teniendo en cuenta no solo el peso, sino también la salud digestiva, la microbiota, la composición corporal, el riesgo cardiovascular y los síntomas específicos de cada mujer. La menopausia no debería entenderse como una etapa de resignación, sino como una oportunidad para replantear hábitos y construir una base sólida de salud y longevidad para las próximas décadas. La prevención que hacemos a los 45 o 50 años tendrá un impacto directo en cómo llegaremos a los 70 u 80.
