Publicado en La Razón
«¿Cabía la posibilidad de que la princesa solo deseara privacidad en su cáncer? Cabía, pero eso hubiera sido pensar bien y según nuestro propio refrán, no acertar…»
En una obra publicada sin firma ni autor, aunque con indicios suficientes como para atribuírsela a Shakespeare, posiblemente en colaboración con Thomas Kyd, se cuenta que allá por el siglo XIV, al comienzo de la Guerra de los Cien años, Eduardo III de Inglaterra estaba desesperadamente enamorado de la Condesa de Salisbury.

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