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Buenos sí… pero no tontos

Hay muchos tipos de turismo. Está el familiar, al que se ve cargado de churumbeles y acompañado de una guía con la que aleccionar a los niños y encontrar el restaurante adecuado al presupuesto; el gastronómico, que es el que tiene como objetivo recorrer lugares donde comer bien;  el artístico, que lo que pretende es alimentar el espíritu; o el sexual, que todos sabemos, por desgracia, qué es lo que busca… Y también está el turismo sanitario, que consiste en aprovecharse de los impuestos  que pagan los ciudadanos de un país, utilizando gratis sus servicios médicos. Hay que ser bueno y comprensivo, pero no tonto. Y eso es lo que parece que hemos sido durante mucho tiempo los españoles, al no quejarnos de las visitas organizadas de tantos ciudadanos de los lugares más recónditos del mundo, o de la propia Unión Europea, a nuestra Sanidad Pública. Los españoles llevamos años soportando estoicamente que las salas de nuestros hospitales se abarroten cada día de inmigrantes, que  no contribuyen ni en un euro a pagarlos. Y la Sanidad, como bien ha dicho Ana Mato, tiene que ser universal, desde luego, pero sin que eso signifique que acepte los fraudes. Está claro que  tomar medidas en el asunto, como ha decidido la ministra, no significa en absoluto que nadie se vaya a quedar desatendido si lo necesita, pero sí que el pago de esa atención será reclamado como corresponde.  Así, ya no se «regalará» una tarjeta sanitaria con cada empadronamiento, ni el alemán ni el francés de turno optarán por hacerse el trasplante de hígado a costa de la maltrecha economía española que, por cierto, tanto critican en  su país.

La Razón

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