Es increíble cómo Bilbao ha dejado atrás su otrora característico tono gris que puebla la memoria de mi niñez para convertirse en una ciudad llena de color. Gran parte de culpa la tiene ese colosal museo de titanio y formas imposibles, en torno al cual la ría bilbaína ha dejado de ser escenario de industria para acoger otro tipo de propuestas, como el restaurante Atea. Ubicado en lo que antes fueron las dependencias de la autoridad portuaria bilbaína, lo primero que llama la atención es una enorme puerta –claro, estamos en Bilbao- que, además le da nombre (atea significa puerta en euskera); también sus techos, altísimos, y los omnipresentes botelleros que prácticamente son el único elemento decorativo en un entorno minimalista en el que son pocos los elementos que compiten con la verdadera protagonista: su oferta gastronómica.
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