«Muchas veces cuando tengo que comprar voy a Zara»
– Diseñador de moda –
Apenas han pasado cuatro días desde la inauguración de la tienda de Cavalli y Madrid aún no se ha recuperado de la resaca de color, de las personalidades vestidas de la firma y de un efecto de fiesta, lujo, glamour y despreocupación muy poco habituales en estos tiempos de crisis, ante la que Roberto Cavalli ni se arredra ni se siente pesimista.
–Pues yo había leído por ahí que usted era pesimista…
–¿Pesimista? No, no. Qué va. Los pesimistas son gente maleducada. Yo soy optimista. No puedo ser pesimista porque tengo más de 70 años y he visto muchas crisis, quizá más ligeras que ésta, pero he conocido de todo tipo y sé que tras un cielo nublado hay siempre un cielo azul y que necesitas una ventana para ver ese cielo azul. Es mi forma de vivir.
Roberto Cavalli se empeñó en presentarse en Madrid a lo grande y haciendo ruido…
Y lo logró con creces. El jueves por la tarde a partir de las ocho, la acera de la calle Ortega y Gasset, a la altura del número 25, donde se ubica su nueva tienda, resultaba inalcanzable. Desde la barrera humana formada por cientos de invitados, los curiosos pretendían ver, aunque fuera a lo lejos, las rubias melenas de Norma Duval, Carmen Lomana o Edurne, mientras las curiosas soñaban con cruzar, siquiera ligeramente, sus miradas con las de Miguel Ángel Silvestre o Joaquín Cortés. Sin embargo, las posibilidades eran pocas, porque las puertas de la tienda estaban exclusivamente abiertas para «los elegidos», que sonreían a diestro y siniestro, mientras engullían canapés y se iban achispando copa a copa de champán.
Roberto Cavalli, vestido de negro, y arropado por su mujer y sus asistentes , se dejó abrazar en el «photocall» por las bellezas españolas que más le quieren, como Eugenia Silva o Ariadne Artiles. Se le notaba a gusto en la capital: «Madrid es una de las capitales a la cabeza de la moda junto con Milán o París, además de una de las capitales del arte. Yo nací en Florencia y siento y veo las mismas cosas, precisamente por eso. Mi moda, que está llena de color, pretende ser un poco de arte, así que tenía que estar aquí. Y estoy muy contento de estarlo».
Todo hubiera acabado ahí, pero Cavalli quería que la fiesta continuase pasada la medianoche, por lo que, a partir de las 10.45 cerró para sus invitados el exclusivo local madrileño Ramsés. Sin embargo, la exclusividad iba por plantas. Ya para acceder a la baja, decenas de celebridades patrias trataban de convencer a los «guardianes de la puerta» de que les dejasen pasar. Si la entrada se efectuaba por la puerta de delante, al popular de turno le colocaban una pulserita de las de «todo incluido», con la que podía pulular libremente por el local, siempre que no pretendieran ir escaleras arriba; para entrar por el lateral se necesitaba enchufe: ser muy Vip o tener algún contacto con alguien del propio Ramsés que lo condujera al mismísimo cielo, reservado para las deidades de la noche. Escaleras arriba, sí, se encontraba el paraíso dorado que acogía a lo más granado de la fiesta, en donde estaba ubicado un magistral buffet de postres elaborado en maravillosos colores y texturas por la sin par Isabel Maestre. Allí, las modelos internacionales departían con cantantes de ópera, mientras alguna bloguera famosa sonreía y se comía los macaron de dos en dos. Un paisaje idílico para los privilegiados que, sin embargo, no estaba a la altura de la zona Vip/Vip. Al otro lado de una de las más terribles barreras de seguridad, el temible cordón de terciopelo, se encontraba la mesa de los divinos. Es decir, la de Cavalli, su familia y sus más ilustres amigos italianos y españoles, alumbrada por la luz de las velas. Roberto estaba muy sonriente y parecía feliz. Una vez saludados todos y sin esperar el flamenquito, me fui a casa a escribir esta crónica/entrevista del protagonista del evento.
Ese mismo día a las 13.30 acudí a mi cita con el diseñador en el hotel Santo Mauro. Al entrar, las dos mujeres que siempre le acompañan, sus chicas para todo, se aprestaban a controlar la conversación y el tiempo de la misma. Yo iba vestida con un vaquero, un top de seda negra y una chaqueta también de seda, con estampado de tigre, idéntica a una de Cavalli. Pura provocación. «¡Ooooh» –exclamó él señalándola nada más verla–, ¡es mía!» A lo que yo sonreí con cierta perversión y respondí: «No, es de Zara». Copia total, sí. Pero impecable de corte y tejido. Cavalli, que se había levantado para saludarme –qué bajito es, pensé subida a mis tacones, desde los que le sacaba cabeza y media–, sonrió pertrechado tras sus sempiternas gafas de sol y dijo divertido: «Zara. Me gusta Zara». Pero no estábamos ahí para hablar de Zara, sino de Cavalli. Pese al apremio de la mirada urgente de sus chicas, con el mensaje escrito de «venga, termina de una vez», no me resistí a preguntarle por el barcazo que había visto en Mallorca este verano. «Es gracioso. Todo el mundo lo conoce. Aunque en realidad suelo moverme con una lancha rápida que llevo yo mismo. Pero es verdad que estuve en Mallorca este verano. Después fui a la playa de Formentera, más tarde a Barcelona –fue un largo viaje–, y de allí a la Costa Brava, que para mí es el mejor sitio». Está claro que disfruta de la vida. Se le nota. Dijo en su blog que está escribiendo su autobiografía, así que le pregunto por ella. «En realidad ya la he escrito, pero lo he hecho privadamente, sólo para mí. No se la he dado a leer a nadie. Pero quizá algún día la muestre como un mensaje para los jóvenes, un mensaje positivo que refleje que, aunque se venga de la calle, se puede tener éxito. Tal vez para ellos sí dé a conocer mi autobiografía. Una autobiografía dedicada a los jóvenes».
Amante del riesgo
A Cavalli le encanta la juventud. Siempre anda rodeado de gente joven. Y posiblemente para sentirse igual de joven, pasados los años, no renuncia a sus muchísimas aficiones. «Me gusta la vida. Me gusta volar, pilotar helicópteros, llevar mi lancha rápida o competir en una carrera de coches…Me gustan las emociones, si no la vida es aburrida. Especialmente cuando te tienes que sentar con gente aburrida. Las personas ricas son muy aburridas. Te enseñan esto y esto y esto otro… Ayer estaba sentado con una duquesa y me decía: “¿Sabes el precio de esto? ¿Sabes el precio de aquello?” ¡De verdad..!» Esa última frase la pronuncia muy a la italiana y la acompaña de un gesto muy italiano: las manos abiertas con las palmas mirando al cielo. Luego sonríe, me mira y dice: «Me gusta la gente que lleva Zara. Zara es muy, muy buena. Muchas veces cuando tengo que comprar algo para alguien voy a Zara porque es muy bonito y me gasto ¡nada!» Me sorprenden estas palabras de Cavalli. ¿Cómo no me iban a sorprender? Pero es que está muy seguro de sí mismo, de su éxito.
«En 1996 empecé a diseñar unos jeans elásticos y todo el mundo decía: “Oh, Dios mío, son tan sexys, tan bonitos, qué maravillosa silueta hacen…” Mi éxito fue muy rápido. Todavía no me puedo creer como vino de rápido».
– Es que volvió a las mujeres más sexys.
–Muchos diseñadores creen que tienen que hacerla más simple, más masculina para que parezca más importante. Y yo no creo eso; pienso que lo más importante es la feminidad. Muchos me dicen que por qué hago a la mujer siempre sexy. Pero, en realidad, eres sexy si tú quieres. No depende de un vestido de Cavalli, sino de que se quiera ser sexy. Aunque yo hago lo que puedo para ayudar a conseguirlo.
Personal e intransferible
Le digo a Roberto Cavalli que su trayectoria tiene similitudes con la del pintor y diseñador de moda Fortuny y le gusta. Pero enseguida lo niega modestamente… «Me encanta porque creo que a Fortuny le gustaba transformar materiales simples en brocados muy ricos y crear, como a mí. Pero él era un magnífico pintor…». Como usted. «No, no. Yo fui pintor, pero no un gran pintor». Su abuelo Macchiaiolo, cuyas obras todavía pueden admirarse en la galería de los Uffizi en Florencia, sí, lo fue. Y su madre era una reputada modista. Buenos antecedentes para la creatividad, que Cavalli no desaprovechó. Esa relación entre la moda y la pintura que llevó a Fortuny a revolucionar la estampación de las telas condujo a Cavalli a inventar y patentar un revolucionario método de estampación en piel. Así, hasta en ella dejó grabado su amor por la naturaleza gracias a los «animal prints», esas favorecedoras manchas características de Cavalli que llevó por primera vez una jovencísima Brigitte Bardot y que hoy están en los armarios de todas las mujeres sobresalientes: Sharon Stone, Kate Moss…

