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Clara Sánchez: «Me encanta cenar tortilla de patata y una copa de champán»

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«En esta vida hay que ser profesional. Asesino profesional. Escritor profesional…». Son palabras de Manuel Vicent sobre Clara Sánchez, al presentar su última novela, «El cielo ha vuelto», ganadora del Premio Planeta 2013. Y debe serlo, aunque ella se considere una escritora no profesional, sino vocacional, no sólo porque lo diga Vicent, sino porque lo corroboran sus múltiples premios, a los que ahora se suma el Planeta. Clara ganó en 2000 el Alfaguara de Novela con «Un millón de luces», en 2010, el Nadal y el Mandarache con «Lo que esconde tu nombre» y en 2012, el Cartelera Turia con «Entra en mi vida». Así que es una escritora vocacional, profesional y premiada. Pero más allá de sus múltiples reconocimientos, que tanto celebro, simplemente me gusta Clara Sánchez. Me gusta su mirada limpia y su pluma certera. Las mismas que, en esta ocasión, han retratado a una mujer que la autora descubrió en una fotografía, debajo de su careta de modelo y de los productos que anunciaba. «Generalmente cuando yo veía las revistas pasaba la vista por la modelo y me fijaba en los zapatos, en la ropa, en los cinturones… De esta chica me atrajo su mirada asustada, desde la que parecía lanzarme, de alguna manera, una llamada de socorro, o al menos de atención», cuenta. Clara empezó a indagar a través de Patricia, que así se llama la protagonista de su relato, en muchas cosas que le habían sucedido a ella misma en su propia vida. En realidad, Patricia nos sirve a todas las mujeres para indagar en nuestras realidades, algo que no es en absoluto fácil. En la historia de Clara Sánchez, esa modelo, Patricia, encuentra una guía en otro personaje, Viviana, que le ayuda a quitarse la venda: «Viviana consigue que Patricia sea valiente y se atreva a desenmascarar sus propios sentimientos y los sentimientos de la gente que la rodea», explica Clara.

Produce pavor pensar en tener que analizar si quienes nos rodean, aquellos con los que convivimos y a quienes amamos, nos quieren de verdad, tal y como somos. Y más aún cuando, como en el caso de Patricia, parece que se tiene todo. Patricia es joven, guapa, con dinero, amor… Pero ¿Qué tipo de amor generan las envidias ocultas, los rencores escondidos, la mediocridad cercana? «Creo muchísimo en el amor», «asegura Clara. «Pero soy consciente, puesto que lo siento, del peligro que encierra olvidarse de uno mismo cuando se ama», cuenta Clara. Y yo creo que lo sabemos todos, que las mujeres tenemos muchísima capacidad para amar, sobre todo porque si no llegamos a conseguir amor y un compañero de viaje, parece que estamos incompletas según las normas que nos impone la sociedad. «Te diré que creo que las mujeres estamos consiguiendo la independencia económica poco a poco; la social nos está costando más… Y la que todavía no hemos conseguido, y tal vez deberíamos lograr, es la independencia sentimental, que nos aparte de esa sensación de que no estamos completas sin otra persona». Dar, dar, dar… Las mujeres siempre queremos dar. Sin dar no somos nosotras. No nos sentimos nosotras. Por eso no entendemos cómo no ocurre lo mismo a nuestro lado. Cómo los hombres pueden pasar sin dar. O incluso cómo nos pueden querer de manera diferente a la que queremos. O no querernos. O querernos mal. No se ven los peligros cuando no se quieren ver, cuando no se quieren siquiera intuir.

«A mí el caso de Patricia me recuerda a la escena de «Los pájaros» de Hitchcock en la que Tippi Hedren fuma descuidadamente, sentada en el columpio mientras en los hilos de la luz se van amontonando aves negras, sin que ella lo sepa. A los espectadores nos gustaría gritar: «¡Pero vuelve la cabeza y mira lo que tienes detrás!» Esa sensación de peligro es la que yo quería materializar dentro de la novela, retratar esa sombra que a veces nos rodea y que apartamos de un manotazo creyendo que es una tontería, que estamos paranoicas, cuando en realidad existe», reflexiona. La paranoia, a veces, se construye escribiendo una obra que vuelve loco al autor, que no le deja ni comer ni dormir ni pensar en otra cosa a ninguna hora del día y de la noche. «Yo le pido a una novela precisamente eso», confiesa Clara. «Que me tenga en vilo mientras la escribo. Que al levantarme por la mañana para encontrarme con ella me haga sentir como si fuera a encontrarme con el tío más impresionante del mundo, con ese amor que no te deja dormir y que tienes todo el día en la cabeza. Tiene que ser así. Y si no es así, mejor que uno se dedique a otra cosa en vez de a la literatura, que lleva mucho tiempo, es esclava, implica mucha soledad y mucho encerramiento. Si lo que escribes no te ocupa como si fuese el amor de tu vida y te hace sufrir, como hacen sufrir los amores, no merece la pena».

Personal e intransferible

Clara Sánchez nació en Guadalajara, en 1955. Está casada, tiene una hija de la que se enorgullece, una piel transparente y una sonrisa que despiertan envidia. Dice que es olvidadiza, que a una isla desierta se llevaría un libro porque «creo que los libros ayudan a vivir y a olvidarse de todo», aunque, quizá, echaría en falta su comida predilecta: «Me encanta cenar tortilla de patata y una copa de champán». Burbujas mezcladas con tierra firme, casi un retrato de la propia Clara. Una mujer, racional e intuitiva, que se reconoce obsesiva, que come pipas cuando escribe («y es horrible porque engordan una barbaridad»), que sueña con gente que no conoce a la que encuentra cuando abre la puerta viviendo en su propia casa, y que de mayor quisiera ser una viejecita como la Miss Marple de Agatha Christie, para vivir con sentido del humor e inteligencia, siendo autorizada a investigar crímenes en los salones de las casas, y pudiendo ver cómo tiene la casa puesta la gente. Dice Clara que si volviera a nacer, querría ser ella pero mejorada, con más sentido de orientación, sabiendo inglés. Pero, querida, yo creo que ni mejoras te hacen falta.

La Razón

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