La pobreza. Si el otro día me agarró de la yugular al tener que revisarme la estadísticas para escribir un artículo, hoy me ha pasado la cuchilla por la garganta y sangro. De rabia, de impotencia y de vergüenza. Mientras el Gobierno elaboraba ese plan, el primero que yo recuerde , contra la pobreza, y asumía, por fin, que son muchos los miserables en nuestro país, que no tienen casi nada, una familia moría intoxicada en Alcalá de Guadaira, en Sevilla. No se sabe mucho, porque en estas cosas, sucede que los adláteres, por mucha sangre pareja que tengan, reniegan de que a los suyos les haya conducido a la tragedia la falta de posibles. No hay nada que nos cueste más reconocer que la propia pobreza o incluso la de nuestros más cercanos. Y más aún, si, tal vez, no los ayudamos todo lo que debíamos. En el caso de la familia Caño, que tenía solicitada la ayuda pública en Octubre (una ayuda que la Junta tarda entre 8 y 10 meses en conceder), dicen y cuentan que comía de la caridad y, a veces, aunque tratando de evitar que se viera, de las basuras. De allí o de allá, quien sabe, sacaron los progenitores esos alimentos en mal estado que se llevaron a la boca, porque cuando el hambre aprieta no se hacen ascos a nada, y que le dieron también a sus hijas, de 13 y 14 años. Todos, menos la pequeña, murieron sin remedio. La tragedia de sus tantos días descendiendo progresivamente hasta el infierno, pasó por trabajar a destajo recogiendo cualquier cosa que se pudiera vender, mientras habitaban como okupas, su mismo piso, del que habían sido desahuciados . Un viaje terrible a la oscuridad, en el que la misma familia que un día llevara una vida normal, se encontró con que la crisis había apagado la luz de sus esperanzas y solo les ofrecía una realidad en blanco y negro. Al final, hasta eso les quitó. Este drama sevillano, que tiene mucho que ver con tantos otros repartidos por toda la geografía española, aquejada del virus de la crisis. No todos acaban mal, pero de muchos, ni siquiera sabemos el desenlace. Mientras los familiares de los Caño se plantean denunciar en los juzgados la atención sanitaria recibida por los fallecidos, una se pregunta ¿por qué parece que todos nos preocupamos más ahora, que están fallecidos, que antes, cuando eran muertos vivientes? La pobreza, vil asesina, sigue atacando. Unámonos todos contra ella.
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