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Por favor, no me llames cariño

Publicado en La Gaceta de Salamanca

Hace un par de años Carmen Posadas y yo escribimos un libro a cuatro manos titulado “Usted primero” en el que recogíamos, más allá de las buenas maneras, las reglas no escritas. El libro en cuestión, una especie de reinterpretación de la biblia británica del tema -el Debrett’s-, pero con más humor y un toque de picardía, estuvo a punto de titularse como esta columna de hoy “por favor, no me llames cariño”.  El motivo de tal título que al final descartamos, porque hay tanta gente que utiliza el vocablo a todas horas que podría sentirse ofendida, tenía que ver con el desgaste de algunas palabras, por el uso y el abuso. Entre ellas “cariño”. En estos días “felices” donde todo es “paz y amor” y no hay nada que no resulte “maravilloso”, entre los vapores del alcohol y la excitación de la pura fiesta , nos pasamos el día en estado de exaltación de los sentimientos. Tal vez por eso dejamos de llamar a todo el mundo por su nombre y se lo cambiamos por cualquier otro sustantivo  que debería de significar que lo apreciamos más, aunque al pronunciarlo ni siquiera pensemos lo que implica.  Entre ellos, cómo no, el sempiterno “cariño”.  ¿Cuántas veces y a cuántas personas se les llama “cariño” sin quererlas ni un poquito? A saber:  “Cariño, ¿me puedes preparar la factura?”  “Quería dos barras de pan normal y dos de integral, cariño” “Cariño ¿Me pones dos cervecitas? ” “¿Qué vais a tomar, cariño?” 

El filósofo y escritor francés Voltaire decía que “una palabra mal colocada estropea el más bello pensamiento” y yo añado que el desgaste de las más hermosas, sin duda ninguna, las condena a una vacía vulgaridad. No. No me gusta que me llamen cariño.  Es una palabra demasiado compartida y yo quiero que quien me quiera demostrar su aprecio, me haga sentirme única. 

Volviendo la mirada a la sabiduría de otro clásico, me encuentro a Pascal. El también filósofo y escritor francés, además de grandísimo científico,  aseguraba que “los que poseen el espíritu de discernimiento saben cuanta diferencia puede mediar entre dos palabras parecidas, según los lugares y las circunstancias que las acompañen” Y está claro que no es lo mismo el cariño que se dice en la calle que el “amor” que se susurra al oído. Pero puestos a recibir el regalo de una palabra tierna, ¿no cabe pedir que rebusquen en el diccionario una más dedicada, que no se intercambie a todas horas en medio mundo?

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