Publicado en La Gaceta de Salamanca
Ahora que estamos a punto de celebrar el aniversario de la aprobación de la Ley del Divorcio, repaso cifras y me encuentro con que España es el segundo país de la Unión Europea con mayor tasa de divorcios, después de Portugal. El año pasado, sin ir más lejos, se divorciaron cuatrocientas mil parejas, es decir, se produjeron unas mil cien rupturas al día. Todo esto y las estadísticas, que dicen que tres de cada cinco matrimonios acaba disolviéndose como un azucarillo en un café lleva a pensar que en España o nos divorciamos muy bien o nos casamos muy mal. Y lo que es peor, dejamos tras nuestros errores románticos niños de muy corta edad (de cada diez parejas, nueve se divorcian con hijos pequeños) en ese régimen de custodia compartida que parece el más equilibrado para los progenitores, pero que a ellos les hace andar de acá para allá como una maleta, salvo cuando se estipula que sean los padres los que se muevan en vez de los niños. Por suerte, salvo los casos de violencia machista, que lo impregnan todo con escandalosas cifras, parece que los demás hemos aprendido a divorciarnos con más cordura. En las parejas jóvenes empiezan a dejar de ser habituales los odios para siempre jamás, y a imperar un sentido común, a veces tan aséptico y congelado, como si el amor hubiera perdido grados o facultades. Y está bien, porque tras el divorcio exprés ahora es tan fácil que, salvados los escollos económicos –que a veces dejan más cicatrices que el amor- los ex cónyuges son capaces de relacionarse con extraordinaria cortesía. Todo esto es bueno, porque cuando se normalizan las cosas, los niños de padres ya no son los raros del colegio y los ex dejan de ser una pesadilla…Con todo, la soltería –y menos con hijos- tampoco es el mejor de los estados posibles e imposibles, así que muchos se vuelven a recasar y comprueban que los segundos matrimonios, por bien que salgan, son incluso más difíciles que los primeros . Y la prueba-error está muy bien, pero hay tantas cosas que se dejan en el camino de los sentimientos que es mejor saber que no hay matrimonio que dure si sus dos miembros no aprenden a contar hasta diez, hasta once o hasta doce mil y que sin ese propósito es casi mejor no casarse. Dicho esto, alabado sea el divorcio y cuanto más rápido y fácil mejor…, pero solo cuando se precise, no cuando la urgencia lleve a creer que la opción es divorciarse o morir, sin saber que, a veces, tras el calentón, se descubre que haberse quedado es mucho mejor de lo que hubiera sido marcharse.
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