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La historia de un conflicto interminable

Publicado en La Gaceta de Salamanca

No sé si les pasa a ustedes pero a mí, tras la detención de Puigdemont, las informaciones sobre Cataluña no me hacen ni efecto, de tan repetitivo que me resulta el argumento. Es verdad que ahora la cosa se ha “animado” –y vamos a dejarlo así que me llevan los demonios-, y en las calles catalanas cada vez hay más disturbios, lloros y reivindicaciones de libertad (hasta en el Liceo. Como lo leen); pero más allá de que el asunto  Puigdemont se hubiera convertido en puro espectáculo desde hace tiempo, lo que hemos vivido de postre –aunque me temo que aún quedan más platos en este menú- ha sido la crónica de una detención anunciada, se ponga quien se ponga, como se ponga. ¿O acaso alguien pensaba que el ex president podría andar toda la vida de país en país europeo y tiro porque me toca, mientras en Cataluña las cosas siguen sin solucionarse y sus adláteres van entrando uno tras otro en la cárcel? El asunto terminó de ponerse serio con Marta Rovira,  que vio asomar la sombra de la prisión, que siempre es alargada, y se marchó. Pero a su barco no le llamó libertad, como diría el otro, porque el mundo global acaba siendo también una cárcel, como ha podido comprobar Puigdemont. Vaya por delante que yo, sin creer que existan presos políticos en España y aun estando de acuerdo con que hasta los políticos puedan ser apresados si les corresponde estoy más que podrida con tanta prisión preventiva y  no entiendo esas posibles condenas de tantos años, si las comparo con las de violadores y asesinos que han estado entrando y saliendo de la cárcel como Pedro por su casa y con penas incomprensiblemente menores. Otro magistrado tal vez no hubiera interpretado la actuación de los independentistas con tanto ardor. Aunque también es cierto que a estas alturas del partido, después de unas elecciones que no llevan a nada más que, posiblemente ,a otras,  y con tanto fugado transgresor trasladando sus milongas a una Europa que ya, agotada, ha optado por tomar medidas y devolvernos la patata caliente, o se pone orden de alguna manera en los delitos o díganme ustedes cuál es la posible solución a la historia interminable de este conflicto. Ya no solo no sabemos si el 155 ha sido demasiado o demasiado poco, sino que, visto lo visto, los que no lo pensábamos, empezamos a creer que la cárcel era –y es- la única alternativa, para que, a partir de ella se empiece a tomar en consideración que es peligroso saltarse las reglas del juego. ¿Cuánta cárcel? Eso debe decidirlo la Justicia que, si pretende serlo, deberá actuar con rapidez.

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