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Iván, el Magnífico ¿o no?

Publicado en La Gaceta de Salamanca

Había una vez un hombre que emergió tras una moción de censura que nadie pensó que fuera a prosperar. Se llamaba Iván Redondo y, tras conocerse que él había sido no solo el artífice de la estrategía que había conducido sino también quien había dejado por escrito cuál sería el desarrollo de los acontecimientos, meses atrás, en un artículo de opinión, su nombre se convirtió en leyenda. En las trastiendas de las televisines y otros medios eran legión los que se jactaban no solo de conocer sino además de tener una enorme cercanía con el nuevo gurú y todos, de uno u otros signo político alababan sus méritos e inteligencia. Iván era magnífico, aunque fuese un mercenario. Daba igual que comulgara o no con unas ideas u otras, su capacidad quedaba por encima de su filiación y hasta se le aplaudía que fuera, sencillamente, un profesional. La configuración del primer e innovador Gobierno, el aperturismo a Europa, todo se le adjudicaba a Redondo que parecía poseer una varita mágica. Sin embargo, a sus espaldas crecían las inquinas y los recelos y más aún cuando el color de rosa se fue destiñendo y empezaron los problemas. Los hombres -y mujeres- del presidente querían su sitio, el que les correspondía como fuerzas vivas del PSOE que le habían apoyado en la salud y en la enfermedad. El último resbalón del asesor, la campaña fallida de Madrid, les dio la oportunidad. Llevaban meses advirtiendo al presidente y filtrando a los medios de comunicación, acciones con mal resultado pilotadas por el gurú -que en realidad poco o nada tenían que ver con él- y tras la debacle madrileña tomaron posiciones y decidieron tirar a matar.

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