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El covid que nunca se fue

Regreso en un tren desde Cuenca, enmascarillada como todos –el tren va de bote en bote, y más de uno tose cada poco–, hasta que alcanzo la estación de Atocha. Estoy deseando quitarme la mascarilla y sé que puedo, pero… ¿debo? Ya no es lo que me digan o no las autoridades sanitarias, que hasta que se ponen de acuerdo no sé si llegan a ponerme en peligro a mí, pero, desde luego, me confunden…, es mi propia percepción. En los 50 minutos que dura el viaje he recibido varios mensajes de personas cercanas que me informan de su contagio de covid. El ¡estoy con covid! tan habitual y en muchas ocasiones desesperado, durante tanto tiempo, se repite una y otra vez en mi teléfono, como si se tratara de meses pasados. Busco las últimas noticias sobre la enfermedad y me encuentro con que Cantabria vuelve a sumar dos fallecidos por Covid y que tiene la incidencia por encima de 1.000, mientras en Madrid la tasa de contagios vuelve a situarse en «riesgo muy alto» para los mayores de 60. Es verdad que en China, con un último brote de más de 10.000 nuevos casos diarios y confinamientos a la orden del día, para indignación de los ciudadanos, la mortalidad es muy baja, pero… Todos estos datos, tantas cifras ocupando otra vez parte de la actualidad mientras yo ando por las calles a cara descubierta, me provoca una cierta inquietud. Pregunto a un amigo médico y me responde lo que no quiero escuchar: «El covid, nunca se ha ido, queremos pensar que sí, pero ahí sigue; menos peligroso, tal vez, pero ahí está. Y quitarse las mascarillas con tanta alegría nos va a dar más de un disgusto».

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