Menu
Menu

La depresión

Publicado en La Razón

«El primer paso para que nos rescaten de las arenas movedizas de la depresión es declararla»

La depresión no se anuncia, ni llega con estruendo por Navidad. Aparece por sorpresa, cuando menos se la espera, y obliga a entrar en una casa oscura que nadie querría habitar jamás. Esa oscuridad se despliega por todos los cuartos, hasta que los invade todos y provoca una ceguera repentina. Vivir sin luz requiere aprender a moverse con cuidado, a no tropezar con los propios pensamientos y a acostumbrarse a esa negrura aterradora, repleta de monstruos, de la que no siempre se sale indemne… Quien sufre una depresión no suele poder trasladar lo que siente. Las palabras resultan insuficientes, torpes y hasta ridículas. ¿Cómo explicar el cansancio antiguo que anida en la mente y en el cuerpo? ¿Cómo compartir la sensación de que el tiempo ha perdido su ritmo, el presente se ha vuelto pesado y el futuro difuso? Levantarse cada mañana se convierte en una proeza; en un acto de resistencia silenciosa contra una tristeza creciente que se va apoderando hasta del aire que se respira. La vida alrededor se empeña en mantener su normalidad; pero mientras se van cumpliendo las obligaciones cotidianas de manera automática, se va sintiendo una desconexión profunda, primero de las cosas, después de las ideas y finalmente de las personas. Entonces aparece la soledad. Rotunda e imbatible, por mucha compañía que exista en el entorno. La ausencia de los presentes se vuelve tangible. Y entonces irrumpe el dolor. Duele el cuerpo sin lesiones y duele el alma rota por el miedo. La ciencia habla de neurotransmisores, serotoninas, dopaminas y noradrenalinas; también de circuitos cerebrales específicos, de amígdalas, hipocampo y corteza prefrontal…; pero el relato científico no mitiga ese dolor inflamado por el miedo, la tristeza y la soledad. Es entonces cuando ya no vale aferrarse al secreto ni fingir otro estado; cuando hay que tirar de los restos de valentía y pedir ayuda, después de enfrentarse al propio silencio y anularlo, confesando abiertamente ese mal que solo se cura con terapia, medicación y mucho amor. El amor es tan sanador como las pastillas o las palabras profesionales. Solo que los que aman, a veces no son capaces de reconocer la depresión ajena. El primer paso para que nos rescaten de las arenas movedizas de la depresión es declararla… Lo mismo que hay que hacer con el amor.

Back to Blog

Leave a reply

Back to Blog