Publicado en La Razón
«¿Un arrebato? ¿Un episodio de locura temporal? ¿Pura maldad? Da igual. Alex ya no está»
Nadie sospechaba que Juanfran, ese padre de dos hijos, vecino de Sueca, de apariencia tranquila y paciencia inconmensurable, fuera una amenaza. Sus antecedentes de violencia de género durante su difícil separación, borrados por completo tras una absolución, habían quedado olvidados. ¿Quién no pierde los nervios en una ruptura y saca sus miserias a pasear? Si no hubo condena, no era justo el estigma… Sobre todo, porque él se mostraba tan sereno en sus relaciones con sus vecinos y en su vida cotidiana, que no era adecuado que nadie le endosara sus recelos. Sin embargo, la madre de un amiguito de su hijo no podía evitarlo. Era amiga de la exmujer y sabía cosas… No quería que su propio hijo visitara la casa del exmarido de su amiga. «Es un buen hombre, mamá», le convenció el chaval el día de autos, antes de encaminarse a ese domicilio, donde le esperaba su amigo, al que el chico, generoso, no quería tachar de su vida por esas cosas de mayores, de las que los niños tienen que permanecer ajenos. El adolescente desconocía que la semana anterior, aunque la madre de su amigo hubiese renunciado provisionalmente a la custodia de sus hijos, había logrado que en el juzgado aceptaran un informe negativo en contra del padre, que tal vez podría cambiar las cosas. También que ese padre no podía soportar ningún señalamiento, que no aguantaba que le cuestionaran. Menos aún que ese amigo de su hijo le hubiera ido a su madre con cuentos sobre si castigaba o gritaba… ¿Acaso la declaración del crío podría contribuir a que hubiese una nueva revisión de la custodia? Aquel día, los chavales iban a jugar a la consola. En el domicilio, por azar o por destino, había un bate de beisbol y un cuchillo. Su presencia auguraba un crimen. Tal vez también hubo golpes…, pero el niño murió puñalada a puñalada, tratando de repelerlas con sus propias manos. El testigo de los acontecimientos, el otro chico, hijo del presunto asesino, amigo del asesinado, hubo de contemplar, boquiabierto e incrédulo, como de su padre emergía un monstruo al que no olvidará jamás. ¿Un arrebato? ¿Un episodio de locura temporal? ¿Pura maldad? Da igual. Alex ya no está. Solo queda esperar, aunque no sirva de consuelo, que la justicia, si puede, haga su trabajo…
