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Envejecer…, sin que se note

Publicado en La Razón

«El precio de esa ilusión es alto: convierte el envejecimiento en fracaso personal»

Hace dos años, cuando cumplí los 60, mi amiga Olga Ruiz, directora de la revista Telva, me propuso hacerme un reportaje para enseñar lo bien que estaba a mi «provecta» edad. Acababa de entrar en la década de la vejez; o lo que es lo mismo, en ese tiempo donde si me atropellaran en la calle, en la noticia se referirían a mí como a una ancianita…, pero era importante demostrar que no lo era, al menos en apariencia. En la superficie de nuestra cultura contemporánea, obsesionada con la juventud, la visibilidad y la rentabilidad del cuerpo, se ha instalado una exigencia tan silenciosa como férrea: hay que envejecer sin que se note. La consigna, disfrazada de admiración, se formula en titulares celebratorios cuando figuras como Demi Moore o Jane Fonda aparecen en público con cuerpos que desafían el paso del tiempo: «espléndida a los sesenta» «radiante a los ochenta»… Son expresiones que, lejos de ser inocuas, instituyen una norma y esconden la paradoja inquietante de una sociedad envejecida, que celebra la conquista de la longevidad, siempre que la vejez sea invisible. Así, el cuerpo maduro se convierte en un campo de batalla simbólico, donde se exige disciplina, control y sobre todo, perpetuo disimulo. En términos foucaultianos, asistimos a una biopolítica de la apariencia, donde cada individuo asimila que debe vigilarse a sí mismo y se convierte en su propio censor estético. La industria cultural y cosmética capitaliza esta necesidad imperiosa mediante la promesa de una juventud ampliada hasta la eternidad. Sin embargo, el precio de esa ilusión es alto: convierte el envejecimiento en fracaso personal. La arruga ya no es signo de experiencia, sino de declive y cualquier síntoma del paso del tiempo demasiado visible provoca un instantáneo rechazo. Esta obsesión inmanejable revela una incapacidad colectiva para reconciliarse con la finitud. Con esa muerte, inexorable, que todos queremos olvidar que llegará un día. La vejez no solo incomoda por la pérdida de la belleza y de las facultades, sino, sobre todo, por lo que anuncia; por ese recordatorio intolerable de que el tiempo no puede ser negociado. Y es precisamente esa verdad -irreductible, democrática- la que nuestra cultura, en su madurez demográfica, es incapaz de aceptar y se empeña en camuflar con sus incontables máscaras de fingida juventud.

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