Publicado en La Razón
Más que en la corrupción, el peligro reside en el cinismo colectivo, en pensar que nada merece la pena y en ceder el espacio público a quienes buscan aprovecharse de él
Cada cierto tiempo, la actualidad política española reabre heridas que nunca terminan de cerrarse. Los ciudadanos repasamos nombres, siglas y episodios que marcaron nuestra historia reciente dejándonos una sensación de desconfianza, cansancio y desazón… Desde el caso del hermano del vicepresidente socialista Alfonso Guerra o la gestión informativa del 11-M, bajo el Gobierno de Aznar, pasando por las sospechas y polémicas que han rodeado a distintos dirigentes socialistas y populares en casos de corrupción, espionaje político o financiación irregular, hasta conductas moralmente intolerables dentro de los propios partidos, el resultado es devastador para la credibilidad de la democracia. La imputación de Zapatero, la primera de un presidente democrático, ha sido una estocada en el corazón de la sociedad. La sensación de muchos ciudadanos no es solo que existan políticos corruptos, sino que el sistema es incapaz de regenerarse. Cambian los gobiernos, los discursos…, pero continúan asomando los intereses partidistas o personales y no parece contemplarse el bien común. Sin embargo, conviene hacerse una pregunta determinante: si todos estos casos salen a la luz, ¿no significa también que existen mecanismos que funcionan? La prensa, los jueces, las investigaciones policiales y el debate público siguen actuando, aunque a veces lo hagan tarde o de forma imperfecta. Es la diferencia entre una democracia, por deteriorada que esté y una dictadura: aquí aún es posible denunciar, investigar y tumbar gobiernos, sin violencia. La democracia española necesita reformas profundas: más transparencia, límites reales a la corrupción y una mayor exigencia ética; pero también ciudadanos activos, críticos y comprometidos. Más que en la corrupción, el peligro reside en el cinismo colectivo, en pensar que nada merece la pena y en ceder el espacio público a quienes buscan aprovecharse de él. Sí, hay motivos para la esperanza. No porque todo funcione bien, sino porque todavía estamos a tiempo de exigir que funcione mejor. La democracia también depende de nosotros. Platón advertía de que si nos desentendíamos de la política, el precio a pagar sería : «ser gobernados por los peores hombres». Y Machado nos recomendaba involucrarnos en ella: «la política, señores, es una actividad importantísima… Yo no os aconsejo que os metáis en política; pero sí os aconsejo que hagáis política». Y más nos vale: si no la hacemos nosotros, la harán por nosotros, e incluso contra nosotros…
