Una vez cerrado el caso de Marta del Castillo, con una sentencia ridícula de veinte años para su asesino y la absolución para sus cómplices, no resulta extraño pensar que, este caso, es el paradigma a seguir por cualquier criminal. Lo primero es que los delitos los cometan los menores protegidos por una ley que tantas veces se ha demostrado absurda e ineficaz; lo segundo, que los cuerpos jamás aparezcan, para que todo sean indicios y suposiciones y jamás lleguen a probarse los hechos; y lo tercero, marear la perdiz: dejar que pase el tiempo, volver locos a los familiares de las víctimas, a la Policía, al aparato judicial, al país entero… Que haya revuelo, expectación, programas en todos los medios, columnas como esta y que se haga un ruido infernal capaz de devolver a la tierra al mismísimo demonio, pero no de despertar de su sueño mortal a la asesinada, siempre en paradero desconocido. ...seguir leyendo
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