Publicado en La Razón
«En la política, ese terreno donde el carisma se mezcla con el BOE, encontramos ejemplos fascinantes»
Que la erótica del poder existe es innegable. También que es una fuerza misteriosa que no aparece en ningún manual de física, aunque determine fenómenos de seducción inexplicables…, que suelen durar lo mismo que el poder. Ahí está el ejemplo de Donald Trump, convertido durante años en el símbolo viviente de que el magnetismo no depende de la belleza, sino de la influencia. A su lado, la hermosísima Melania, cuya presencia confirma que el poder, en determinados contextos, puede ser el mejor filtro de Instagram. En España tampoco somos inmunes al fenómeno. En la política, ese terreno donde el carisma se mezcla con el BOE, encontramos ejemplos tan fascinantes, como el de la vicepresidenta Yolanda Díaz y su sorprendente transformación estética. Su discurso es el mismo, pero su cuidadísima indumentaria, su delicado maquillaje y su impecable melena, aparecidos desde que detenta el poder, contribuyen a su ahora más que atractiva apariencia, que ni siquiera recuerda a la de sus días de sindicalismo. Ay, el poder, que unas veces mejora los aspectos de quienes lo ostentan y otras, simplemente, abulta sus carteras y las posibilidades de ofrecer ascensos meteóricos, biografías reescritas e incluso ciertos romances que, vistos desde fuera, desafían toda lógica estética, emocional y hasta gravitatoria. Pero es que el poder no seduce por las cualidades del poderoso, sino por su capacidad de mandar…, aunque sea una seducción tan eficaz como la de los perfumes más caros e irresistibles. Lo más enternecedor de algunos de esos seductores fortuitos –y casi siempre efímeros– es que parecen convencerse de que el interés que despiertan está completamente desligado de su posición y hasta llegan a creerse que es puramente personal y hasta romántico. El más claro ejemplo es el del ingenuo exministro Ábalos, segurísimo de que la respuesta instantánea a sus propios favores y atenciones siempre fue producto de su arrollador encanto y nada tuvo que ver con el mucho más prosaico y menos poético atractivo del poder. Quizá la verdadera erótica del poder no esté en la seducción en sí, sino en esa ilusión que le hace pensar a quien lo tiene que su repentino atractivo es natural y para siempre y no esa flor de un día, que acaba por marchitarse, inexorablemente, en cuanto el poder se desvanece.
